Dos horas son más de ciento veinte minutos

Vaya puta mierda. Si no sé hablar sin soltar algún taco, tampoco voy a saber escribir. Desde que empecé a escribir, intenté pulir mis versos, la rima, la melodía y rimar en consonante. ¿Para qué? Para mí. Sé que nadie me lee, y sinceramente, me da igual. No creo que lo que escriba aquí sea trascendental para alguien, si ni siquiera lo es para mí. Esto es una ventana, como quien con quince años sale por la ventana del tejado a fumarse un pitillo mientras sus padres duermen; es algo que se hace a escondidas y sin publicidad. Entonces, ¿el título a qué viene? Viene a que, básicamente, quise ponerlo. ¿Es relevante? No. Pero dos horas dan para mucho. Dos horas son tu primera vez, un concierto que cambia tu vida, una cena, lo que tardas en llegar al bar y vomitar, lo que tardas en llegar en el pub y encontrar a la mujer de tus sueños, dos horas entre que la encuentras y aparece su novio, dos horas entre la felicidad y un texto como este. ¿Triste? No, ¿por qué iba a estarlo? Dicen que la verdad duele, y es mentira, la verdad es obvia. Tan obvio como el virgen en la discoteca, tan obvio como el borracho en el baño, tan obvio como que no me vas a mirar en tu puta vida. Tan obvio como que este texto lo escribí después de conocer a Neruda en sus versos más tristes.

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