Hoy estaba sólo solo



El humo inundaba la habitación. No se podía respirar. Su chaqueta humeante perfumaba tabaco; y mientras se fumaba otro cigarrillo. El escritor tenía ganas de dormir, pero no tenía nada que soñar. Así que con los ojos abiertos empezó a escribir con la luz apagada, y lo único que veía era el humo que tragaba.
Salió de aquella habitación, sin saber adónde ir. No había nadie en toda la casa. Los pasillos largos hacían eco de sus pasos pero ni su sombra lo seguía hoy.

Salió afuera. El silencio mandaba en la ciudad. Como un desierto se hallaban las calles; muertas. Su pitillo no se apagaba, era lo único que lo mantenía con vida. Y así caminó durante muchos metros. Cruzando manzanas. Sin rumbo. Y entonces lo vio claro.

Ya no estaba; el mar se había esfumado. En un ataque de ansiedad empezó a correr, sin ver a nadie, todo daba vueltas. Las calles se hacían largas y cuanto más corría mas lejano parecía el final. Entonces se paró. ¿Y su cigarro? Miró hacia atrás para ver dónde le había caído, pero para su sorpresa encontró el mar. Y corrió hacia él. El corazón por la boca, el roce estaba cerca, era casi inminente, sólo unos pasos más y...

... y despertó. Se hallaba pálido. Con las pulsaciones a doscientos. Ya no tenía ganas de dormir porque ya había soñado. Sólo le preocupaba una cosa y por ello miró por la ventana. Como un valium tranquilizador le sentó ver que hoy no se había esfumado aún: seguía reflejando la Luna. Miró el reloj y sonrió: quedaba poco para que el Sol acabase de difuminar su pesadilla con el alba.



Hoy, aún no se sabe si el escritor escribió en primera o en tercera persona.


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