Mañana será otro día

El sol entraba tímidamente por los cristales sucios y agrietados de aquella cabaña, si se le podía llamar así. Una mirada con ansia de libertad contemplaba con unos ojos callados como las nubes hacían de cortina entre su piel y la luz. Su pijama a rayas manchado, mugriento, sucio, roto y apestoso era igual que el de sus compañeros, que estaban durmiendo tirados por aquella cabaña, si se le podía llamar así.

El silencio durante la mañana antes de comenzar el día en aquellos cuadriláteros con techo era atronador, silencio callado a veces por el sonido de una lágrima deslizándose por la mejilla de una mujer que llegaría hasta su lengua en busca de saciar su sed. Estaba todo en calma no porque la gente descansase porque tuviese sueño, sino porque otros desde hace tiempo le habían robado el sueño.

Un pitido, un sonido brusco seguido de maldiciones de gente armada que defendía el poder de una esvástica entrando en aquellos cuartos enanos era el despertar de todos los días. Carreras por ir a las letrinas entre gritos e insultos, entre tropezones y caídas, entre empujones y carcajadas, entre agua y sangre. Todos los días igual, todos los días alguien menos.


Picar piedra durante una docena de horas sin descanso significaba tener el día libre, correr durante tres horas para probar la resistencia de unas botas significaba ser el hombre más afortunado del campamento, que no te rompiesen ningún hueso significaba ser especial, comer algo era como sentirse en el banquete de una boda con mil invitados, poder responder a lo que satíricamente te preguntaban sin ser castigado era ser libre.

Mentir era delito y pensar era castigo. Razonar era imposible y hablar era impensable. Desobedecer era morir y vivir era no morir. Era un lugar, mejor dicho, era el único lugar donde ya no existían las fuerzas de flaqueza, pues los cuerpos eran tan quebradizos que el único alimento era la imaginación y la única bebida era la fuente de inspiración.

Había aire libre que poder respirar. Había mucho, una vasta extensión. Pero, ¿qué pasa si a todos les falta el aire? ¿Qué pasa si te quitan el aliento? ¿Qué pasa si ese aire no sabe a libertad? Es lo mismo que estar en un cuarto sin ventilación, es igual a estar encerrado sin saber dónde estás, es igual a respirar con la nariz tapada, cuesta.

¿A quién le tocará hoy? Esa era la pregunta de todos los días. Un centenar de cuerpos frágiles con caras pesarosas se disponían en una línea bastante irregular mirando al frente casi sin pestañear. El sudor frío recorría sus espaldas provocando unas náuseas  terribles, un dolor de cabeza más fuerte que las migrañas. Estar ahí era una taquicardia constante que apretaba su corazón contra los pulmones impidiéndoles respirar. Hasta que escuchaban y miraban quién era el elegido. Ahí el corazón, como en un soplo no latía, como inerte, como parado, como muerto. Muerto de miedo. Esos segundos que pasaban parecían horas, un instante que parecía una década, una palabra que decidía algo que nadie puede decidir: ¡Sie! (¡Tú!)

Sala de ‘duchas’. Gente y sorpresa. Gente ilusa. Angustia. Eran muchos ahí dentro. Gas.

Después de la vida, tu cuerpo yace inerte. Esta ventaja la aprovechaban los ‘valientes, concienciados y humanos soldados’, llevando los cuerpos ya sin vida a la industria. Allí eran calcinados, incinerados o lo que fuera, con el fin de conseguir productos como el jabón. Una ‘cuestión industrial’, no es nada especial.

Ya se hacía tarde, pero los días eran demasiado largos. El sol que había hecho poca presencia aquel día, teñía de un rojo pasión, un rojo fuerte, un rojo sangre, para resumir el día, las exuberantes nubes que hacían pasillo a los rayos de luz y que impedían que los nostálgicos hablasen con la Luna en la soledad de la noche.

Ya entrando en la oscuridad, la gente regresaba a sus tablas de dormir recibiendo las ‘buenas noches’ de aquellos que los ‘invitaban’ a entrar en aquellas cosas donde dormían. El aroma recordaba a ámbar, si el ámbar fuese cañerías. Si alguien se quejaba tendría que acompañar a dar una vuelta con los soldados, pero una vuelta tan larga que los demás no lo volvían a ver.

Entre los que no habían muerto había algunos que creían que mañana conseguirían escapar. ‘Pobres ilusos’, pensaban otros ya sin lágrimas que llorar, sin aliento para hablar. ‘Lo último que se pierde es la esperanza’, pero ya a nadie le quedaba de eso, aunque lo quisieran. Aun así… Mañana será otro día, sí.

Mañana será otro día; otro día igual.

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