Algo en prosa

No hacía ni frío ni calor, pero yo estaba allí con mi bufanda y mi chaqueta nueva que había comprado hace poco. Hacía el viento que suele hacer en una tarde de principios de otoño cerca de la costa. Yo estaba allí sentado en la arena de la playa, tirando piedras al mar y pensando en todo lo que había pasado en aquellos dos meses; sentía un cúmulo de emociones: me alegraba pensar en los momentos buenos, por otra parte pensaba que ya nunca volverían, y tenía miedo; me hacía gracia recordar aquellas bonitas tardes y lloraba porque las añoraba. Era raro, relajante quizás, quería que se ahogasen mis penas mirando al mar, o por lo menos que se disipasen. Quería volver a ser yo.
Sin haber resuelto nada, estaba a punto de irme cuando descubrí, no muy lejos, una silueta conocida. Creí por un momento que era ella, pero no estaba seguro, descarté la idea. Volví a mirarla, no conseguía enfocar bien con las lágrimas que empañaban mis ojos. Me los froté. Vi que aceleraba el paso; sí, era ella. Un cálido abrazo había fundido dos cuerpos, que sin decirse una palabra ya sabían todo.

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